Biografía ampliada de Víctor Campón
Origen y herencia
Víctor Campón es escultor español, pintor y artista multidisciplinar. Su trayectoria parece haber comenzado incluso antes de que pudiera caminar, casi antes de nacer, como si su destino hubiese estado ya inscrito en la memoria familiar, en la sensibilidad heredada y en el ambiente en el que abrió los ojos al mundo.
Esa idea, que podría sonar poética, encuentra un fundamento real en la poderosa herencia artística recibida de su padre, Juan Antonio Campón, escultor taxidermista reconocido y figura clave en una tradición vinculada al estudio de la forma animal, la escultura, el dibujo , la pintura, la taxidermia artística, la restauración, el modelado y el oficio del taller.
En ese contexto, la creación artística no apareció como una actividad excepcional o lejana, sino como una manera natural de vivir, mirar y comprender la naturaleza. Para Víctor Campón, el arte no nació como una elección tardía, sino como una forma de estar en el mundo desde la infancia: entre barro, herramientas, dibujos, animales, moldes, esculturas, conversaciones de taller, observación de campo y una relación directa con la materia.
A los dos meses de vida protagonizó una escena casi fundacional dentro de su biografía familiar: fue llevado en un canasto de mimbre a un encuentro con Félix Rodríguez de la Fuente y su equipo, después de que éste invitara a su familia a conocer el estudio natural de peregrina. Según el recuerdo transmitido por su madre, aquel niño pasó de brazo en brazo mientras ella estrechaba amistad con Minaya, secretaria personal de Félix, en un ambiente donde se reunían varias de las figuras centrales del gran universo naturalista español.
Allí estaban, entre otros, Aurelio Pérez, maestro cetrero, y Josechu Lalanda, colaborador de Félix y futuro referente decisivo en la formación visual, naturalista y animalista de Víctor Campón.
Su padre evocó siempre un momento especialmente simbólico de aquel encuentro: cuando Félix Rodríguez de la Fuente tomó al niño en brazos, lo miró a los ojos y, en cierto modo, selló un vínculo que después adquiriría un valor casi mítico dentro de la memoria familiar. Con el paso de los años, Félix se convertiría para Víctor Campón en un verdadero ídolo, no solo por su dimensión pública como naturalista y divulgador, sino por la intensidad con la que supo transmitir una manera de amar, estudiar y defender el mundo salvaje.
No es un detalle menor que Víctor Campón aprendiera a leer en la obra Fauna, una de las grandes referencias editoriales asociadas al universo de Félix Rodríguez de la Fuente. Aquellas enciclopedias, que alcanzaron una difusión extraordinaria en España y fuera de ella, se convirtieron para él en una verdadera cartilla de iniciación: palabra, imagen, animal, anatomía, comportamiento y emoción naturalista quedaron unidos desde el principio.
Maestros, escuela y una mente difícil de encajar
La infancia de Víctor Campón estuvo marcada por una convivencia precoz con el campo, la caza, la observación animal, la fotografía, el dibujo, la escultura, la taxidermia artística y el trabajo de taller. Acompañaba con frecuencia a su padre a monterías y estudios de campo, y en ese aprendizaje absorbió no solo conocimientos sobre comportamiento y anatomía de la fauna, sino también nociones de composición, perspectiva, proporción, estructura y observación minuciosa.
Ese tipo de formación, recibida fuera de cualquier esquema convencional, moldeó desde muy pronto una inteligencia visual extraordinaria y una familiaridad poco común con el mundo natural. Mientras otros niños aprendían el dibujo como una asignatura, Víctor Campón lo vivía como una herramienta de conocimiento. Mientras otros observaban la superficie, él intentaba comprender la estructura interna, el movimiento, la tensión y el carácter de cada forma viva.
Desde niño fue un alumno incómodo para el sistema escolar: un niño claramente diferente, con altas capacidades y una manera heterodoxa de pensar, al que no siempre supieron entender. Mientras su mente funcionaba en tres dimensiones y veía estructuras espaciales donde otros solo veían líneas en un cuaderno, en la escuela llegaron incluso a suspenderle en materias artísticas, incapaces de reconocer que aquel aparente desajuste era precisamente la señal de un talento fuera de norma.
El propio artista recuerda cómo no veía un cuaderno con cuadrículas, sino el espacio. Aprendió a intuir la perspectiva antes de aprender a escribir, pero aquel don fue leído a veces como problema y no como posibilidad.
Su constante hambre de conocimiento y su intensidad generaban a menudo incomprensión, envidias, malos consejos y dificultades. En medio de ese entorno, el taller de su padre y la presencia de maestros como Solís Fernández Fernández actuaron como refugios esenciales. Allí se sentía a salvo, porque supieron ver su diferencia y darle alas en lugar de cortárselas, sosteniendo una creatividad que no encajaba en los moldes escolares.
Ante la incapacidad del sistema para enseñarle según su forma de pensar, fue su padre, Juan Antonio Campón, quien asumió la tarea de abrirle un camino propio. Le enseñó a leer sobre la obra de Félix Rodríguez de la Fuente, convirtiendo aquellas enciclopedias en su verdadera cartilla. Víctor llegó a saberse los textos de memoria y a repetirlos sin descanso, como si esa liturgia de palabras e imágenes consolidara una alianza definitiva entre conocimiento, naturaleza y arte.
Primera escultura en bronce y primeras ventas
La precocidad artística de Víctor Campón apareció muy pronto. Con apenas seis años, vivió lo que podría llamarse su primer bautizo de fuego y de bronce, cuando modeló una pequeña cabeza de avutarda. Al verla, su padre comprendió que aquel gesto infantil tenía algo excepcional y decidió fundirla en bronce, explicándole personalmente el procedimiento de la cera perdida, una técnica central en la tradición escultórica.
Aquella pequeña pieza se convirtió así en una suerte de acto inaugural: no solo fue su primera escultura fundida, sino el momento en que la intuición infantil quedó ligada para siempre al oficio, a la materia, al bronce, al fuego y al conocimiento técnico.
Para entonces, Víctor Campón ya era una presencia habitual y muy recordada entre la clientela y el entorno del taller. Muchos lo evocan siempre dibujando, inventando o cargando una cámara con un teleobjetivo casi más grande que él, como si desde niño hubiese entendido que mirar de verdad requería herramientas, paciencia y una atención fuera de lo común.
Ese taller fue su primera escuela total: un espacio en el que convivían taxidermia artística, escultura, dibujo, pintura, restauración, conversación, oficio, mundo rural, coleccionismo, ciencia natural y personajes singulares que dejaron huella en su imaginación.
Uno de los hitos decisivos de esa primera etapa tuvo lugar en marzo de 1985, en Madrid, durante una exposición de su padre en el Hotel Convención. Víctor Campón tenía entonces seis años, a falta de aproximadamente un mes para cumplir siete. En aquella muestra, Juan Antonio Campón preparó para su hijo una pequeña esquina dentro de la exposición, donde se mostraron su cabeza de avutarda en bronce y dos dibujos realizados por aquel niño.
Aquel episodio tuvo una importancia enorme en la vida de Víctor Campón. Uno de esos dibujos fue adquirido por Josechu Lalanda, maestro de maestros, colaborador de Félix Rodríguez de la Fuente y una de las figuras más queridas y admiradas por el joven artista. Para Víctor, que Josechu Lalanda quisiera comprar aquella pequeña obra fue mucho más que una venta: fue una forma temprana de reconocimiento, una inversión simbólica en su mirada y una confirmación íntima de que aquel camino era real.
Con el importe obtenido por la venta de aquellas dos primeras obras, Víctor Campón compró unos prismáticos y una maleta de lápices y acuarelas profesionales. Ese gesto resume su lógica interna desde la infancia: convertir cualquier éxito en herramientas para observar mejor, estudiar más y trabajar con mayor exigencia.
Desde aquel momento, aunque ya dibujaba y modelaba desde que tenía uso de razón, se sintió artista profesional por primera vez, con el honor inmenso de que uno de sus maestros más admirados fuera también el primero en apostar por su arte.
Solís Fernández y Natura Ibérica
Entre las figuras fundamentales en la formación de Víctor Campón destaca de manera muy especial Solís Fernández Fernández, taxidermista, estudioso de la biología, colaborador de Félix Rodríguez de la Fuente y creador de una inmensa colección zoológica que acabaría dando lugar al museo Natura Ibérica.
Solís no fue un personaje menor ni periférico, sino una de las presencias decisivas en la formación del artista. Había sido maestro de su padre, Juan Antonio Campón, y terminó siéndolo también de Víctor, además de amigo, cómplice intelectual y compañero de aventuras. Su autoridad dentro del mundo naturalista quedó reconocida tanto por su estrecha relación con Félix como por la influencia que ejerció sobre numerosos estudiosos de la biología y por el prestigio alcanzado por su colección y su museo.
Los veranos compartidos en Matarrosa del Sil forman parte de ese aprendizaje profundo y casi iniciático. Allí, bajo la tutela de Solís, el joven Víctor Campón encontró no solo un maestro de taxidermia y ciencias naturales, sino a una de las pocas personas capaces de comprender de verdad la intensidad de su talento precoz.
Solís fue, probablemente, quien mejor supo apoyar al pequeño artista, estimular su curiosidad sin rebajarla y abrirle horizontes que iban mucho más allá del aprendizaje técnico. A cambio de la ayuda prestada para materializar el museo y ordenar una visión museográfica de gran ambición, Víctor recibió de Solís enseñanzas que abarcaban desde el oficio hasta la forma de mirar, estudiar y clasificar el mundo natural.
Esa relación tuvo además una dimensión aventurera y casi épica. Solís, hombre de campo, de museo y de ciencia, fue también una figura determinante en la inclinación del artista hacia expediciones científicas extremas, a veces cercanas a lo temerario, emprendidas en nombre del conocimiento y de la observación directa.
Como él, Víctor Campón recorrió museos de ciencias naturales, amplió su cultura zoológica y terminó desarrollando incluso soluciones técnicas aplicadas a la taxidermia, en un raro cruce entre oficio artesanal, pensamiento práctico y creatividad técnica.
Juan José Viola Cardoso y la educación sentimental
Otra presencia fundamental en la formación humana de Víctor Campón fue Juan José Viola Cardoso, cónsul de Portugal y figura entrañable para su entorno cercano. Juancho, como lo llamaban sus amigos, tuvo para Víctor un valor casi familiar, más cercano al de un abuelo electivo que al de una simple amistad adulta.
En un tiempo en que no faltaban las burlas, los consejos engañosos o la incomprensión hacia su diferencia y su precocidad, Víctor encontró en él un apoyo constante, una autoridad serena y una educación sentimental basada en la elegancia, la lealtad y el uso preciso de la palabra.
De Juancho aprendió no solo formas de comportamiento, sino también una idea de la caballerosidad entendida como disciplina interior, respeto y dignidad. Su pérdida fue devastadora, pero su legado permaneció vivo en la memoria del artista y en las aventuras que ya no pudieron compartirse.
El libro dedicado al mundo del toro, concebido como una suma de dibujos, bosquejos, pinturas, esculturas y poemas, nace también bajo esa huella afectiva y moral, y funciona como homenaje a esa amistad tutelar que acompañó una etapa crucial de su desarrollo.
La mente detrás del bronce
La obra de Víctor Campón no se entiende solo desde la destreza manual, sino desde una estructura visual y mental poco común. Quienes conocen su proceso creativo en la intimidad del taller hablan de una mente capaz de relacionar en segundos información anatómica, espacial, material y emocional.
Víctor Campón posee una visión espacial excepcional que le permite comprender la tensión fisiológica y la anatomía interna de una figura antes de tocar el barro. Anticipa pesos, equilibrios, fuerzas invisibles, apoyos, torsiones y direcciones de movimiento.
No esculpe copiando la naturaleza, sino descifrando su ingeniería. Ese nivel de concentración es el que le permite sostener composiciones complejas, capturar la violencia contenida en la mirada de un jabalí, la tensión de un ciervo, la nobleza de un caballo, la bravura de un toro o la potencia silenciosa de un gran mamífero salvaje sin que la pieza pierda credibilidad estructural.
Para Víctor Campón, el arte no es una mera representación estética; es la traducción física de una mente que procesa el mundo con profundidad anatómica, sensibilidad animalista y una comprensión material del oficio.
Frente a una obra suya, el espectador experimenta algo inusual: la pieza parece respirar. Esto no es un simple efecto visual, sino el resultado de una sensibilidad extrema hacia la emoción animal. Víctor no modela a un animal desde la distancia fría del observador, sino desde la tensión del propio ser vivo: su miedo, su instinto, su alerta, su fiereza, su nobleza o su impulso.
Sus esculturas no son simples retratos de animales; son emociones cristalizadas en barro, bronce, dibujo y materia.
Un artista multidisciplinar de oficio clásico
El universo artístico de Víctor Campón no se limita a la escultura ni al dibujo. También escribe desde muy joven: libros, artículos, reflexiones y textos nacidos de la misma necesidad expresiva que atraviesa toda su obra. A ello se suma una relación constante con la música, la poesía, la historia, la técnica, la naturaleza y la cultura entendida en sentido amplio.
Esa amplitud de intereses permite describirlo con justicia como un artista multidisciplinar de oficio clásico: una figura para la cual el arte no es una especialidad cerrada, sino una forma total de conocimiento y de vida.
Esa amplitud se corresponde con una actividad profesional igualmente extensa. Además de escultor, dibujante, pintor y observador de fauna, Víctor Campón ha restaurado importantes colecciones de trofeos, pinturas y esculturas institucionales, interviniendo sobre obras y conjuntos patrimoniales que exigían no solo destreza manual, sino criterio histórico, sensibilidad estética y comprensión material.
Su perfil se completa además con una faceta menos visible, pero muy reveladora: la de restaurador y perito judicial en arte, condición que confirma la amplitud de su conocimiento técnico y su autoridad en cuestiones de autenticidad, conservación, valoración artística y análisis de obra.
Infancia en Bellas Artes y “El Pequeño Leonardo”
Entre las experiencias tempranas de Víctor Campón, una de las más significativas fue su ingreso a los nueve años en la escuela de Bellas Artes, a pesar de que la edad mínima habitual era de trece. Aquella excepción habla con claridad de su talento precoz y de una madurez artística impropia de su edad.
Recorrió los talleres destacando enseguida por su capacidad inventiva, por su obsesión con los grandes maestros del Renacimiento y por una curiosidad técnica que llevó a quienes lo conocieron a apodarlo “El Pequeño Leonardo”.
Esa fascinación por el Renacimiento no fue un capricho juvenil, sino una señal temprana de su manera de entender el arte: como unión entre conocimiento, técnica, observación, composición, anatomía, ciencia y asombro. Desde niño no solo quería hacer obras; quería comprender cómo estaban hechas, por qué funcionaban y qué relación guardaban con la verdad del mundo visible.
Ese impulso explicará más adelante su dedicación a los estudios de fauna, a la fotografía de campo, al dibujo preparatorio, al análisis de los grandes maestros, a la restauración, a la escultura monumental y al dominio de diferentes materiales y escalas.
Encuentros extraordinarios y construcción de un imaginario
En el taller de su padre pasaron también numerosas personalidades del mundo cultural y artístico. Una de ellas marcaría la biografía de Víctor Campón de forma especial, incluso antes de que pudiera comprender plenamente su relevancia: Salvador Dalí.
Ese encuentro, como otros muchos episodios de juventud, forma parte de una constelación de experiencias extraordinarias que ayudaron a construir su imaginario y a situarlo, desde muy temprano, en contacto con figuras excepcionales del arte y la cultura.
La escena en la que Dalí repara en las manos del niño y reconoce en ellas una señal artística pertenece a ese territorio que el propio artista reserva para un futuro libro autobiográfico. De momento, esa anécdota permanece como una clave íntima que recorre su vida: un sello de legitimidad poética que confirma, a ojos de la familia, que aquel niño no era un niño cualquiera, sino alguien llamado a crear arte con una intensidad fuera de lo común.
El mundo, el método y la observación directa
Con el paso del tiempo, aquella formación casi orgánica y total se transformó en una trayectoria artística profundamente singular. Víctor Campón vive y trabaja en España, en contacto estrecho con el campo, el ganado, la naturaleza y el silencio, aunque pasa también largas temporadas en Madrid y viaja con frecuencia para estudiar sobre el terreno y realizar obras en vivo en entornos rurales, fincas, canchas de polo, pistas de salto, plazas de toros, circuitos ecuestres y espacios vinculados al mundo animal.
Su vida y su trabajo continúan unidos por la misma lógica que definió su infancia: observar, aprender, estudiar y transformar la experiencia en forma.
Su pasión por Argentina, África, la alta montaña y los grandes territorios naturales atraviesa tanto su imaginario como su práctica cotidiana. Busca en esos lugares la intensidad de lo esencial, la nobleza animal, la fuerza del paisaje y la verdad de las formas vivas.
En ese impulso ha estudiado y representado especies tan complejas y poderosas como el markhor, el irbis o leopardo de las nieves, grandes mamíferos africanos, équidos, toros, aves rapaces, fauna ibérica, fauna mundial y otros animales montaraces cuya presencia se integra en su obra con una profundidad que solo puede venir de la observación prolongada.
Su trabajo nace de un naturalismo radical, entendido no como simple reproducción externa, sino como una forma de conocimiento. No se trata únicamente de dominar la anatomía o el gesto animal, sino de comprender la energía, el comportamiento y el carácter de cada especie hasta alcanzar una síntesis artística en la que fidelidad y visión personal quedan inseparablemente unidas.
Esa doble condición de escultor y naturalista constituye el centro de su obra y la razón de su singularidad.
Fauna ibérica, fauna mundial y escultura animalista
Aunque una parte esencial de su imaginario está vinculada a la fauna ibérica —ciervos, jabalíes, linces, aves, corzos, machos monteses y otros animales que habitan dehesas, montes y paisajes peninsulares—, la mirada de Víctor Campón se ha expandido desde muy pronto a la fauna del mundo.
A lo largo de décadas ha estudiado mamíferos salvajes de África, Hispanoamérica, Asia, Europa y América, observando sus diferencias anatómicas, sus adaptaciones al entorno, sus gestos, su comportamiento y su carácter.
La experiencia acumulada en el taller de su padre, naturalizando numerosos grandes mamíferos del planeta para colecciones y museos, le ha proporcionado una base enciclopédica: conoce por dentro los animales que luego esculpe por fuera.
Esa combinación de experiencia taxidermista, mirada escultórica, sensibilidad naturalista y dominio técnico ha dado lugar a trabajos repartidos en museos, colecciones privadas, instituciones y espacios representativos, donde la exactitud anatómica está siempre al servicio de una presencia viva, nunca de un simple catálogo.
Paralelamente, Víctor Campón ha ido generando un cuerpo vasto de estudios específicos sobre mamíferos del mundo: cuadernos, apuntes, maquetas, pequeñas esculturas, dibujos, pinturas, archivos fotográficos y modelos preparatorios que sirven como laboratorio permanente.
De ese laboratorio nacen también varios libros de artista en preparación, así como unas memorias en las que narrará sus historias vividas: expediciones, encuentros, episodios de riesgo, amistades, pérdidas, viajes, observaciones de campo y experiencias de taller.
Archivo, estudios y obra final
Víctor Campón no realiza únicamente esculturas. Su producción incluye pinturas, dibujos, esbozos, bosquejos, estudios anatómicos y un archivo fotográfico inmenso que funciona como antesala de la obra final.
Cada viaje, cada estancia de campo y cada observación directa se convierten en materiales de análisis: miles de fotografías, apuntes y estudios que le permiten fijar posturas, tensiones, volúmenes, ritmos y comportamientos antes de trasladarlos a un lenguaje plástico propio.
En ese sentido, sus estudios preparatorios tienen valor en sí mismos. No son simples herramientas previas ni materiales desechables, sino parte sustancial del acto creativo: el lugar donde la observación se convierte poco a poco en forma.
Sus dibujos y bosquejos documentan un pensamiento artístico exigente, y su archivo de imágenes revela una dedicación casi científica al conocimiento del mundo animal.
A la observación de campo se suma otra disciplina constante: el estudio de los grandes maestros en museos y colecciones. Del mismo modo que se interna en la naturaleza para mirar animales vivos, busca también en la historia del arte modelos de excelencia, estructura, composición y verdad formal.
Esa doble fidelidad —a la naturaleza y a la tradición— explica la solidez de una obra que no depende de modas ni de discursos pasajeros.
Escultura monumental, obra institucional y proyectos internacionales
La trayectoria de Víctor Campón incluye escultura monumental, obra pública, obra institucional, retrato escultórico, bustos, grupos escultóricos, escultura animalista, escultura ecuestre, escultura taurina, escultura cinegética, pintura, restauración y proyectos privados de autor.
Entre sus trabajos más relevantes destaca el concurso internacional para la realización de los leones monumentales del Centro de Convenciones de Orán, en Argelia, una obra de gran escala vinculada a un contexto institucional internacional. Aquellos leones en bronce presidieron el espacio del centro de convenciones y consolidaron una línea de trabajo vinculada a la escultura monumental, la representación simbólica del animal y la obra concebida para espacios de alta representación.
También forman parte de su trayectoria obras como El Covarsi, el motero de Alpotreque, La Montería, Diana y el Corzo, Perrero, Ciervo Ibérico, Jabalí, Macho Montés, Rebeco en peña, sus esculturas de caballos, toros, rapaces y grandes animales, así como numerosos estudios, pinturas, dibujos y proyectos de obra por encargo.
En todas estas piezas aparece una misma preocupación: la permanencia. La obra de Víctor Campón no busca el efecto pasajero, sino la presencia duradera. Su escultura está pensada para resistir la mirada, el tiempo, el espacio y el juicio del oficio.
Proceso técnico: del dibujo al bronce
El proceso artístico de Víctor Campón parte habitualmente del dibujo, la observación directa, el estudio anatómico y el modelado tradicional en barro. Sus esculturas nacen de una relación física con la materia: mirar, dibujar, modelar, corregir, volver a observar y llevar la forma hasta el punto exacto en que el animal, el retrato o la figura adquieren presencia.
Su conocimiento de la taxidermia artística, la anatomía animal, la restauración, la pintura, la talla, el modelado y la fundición le permite abordar cada obra desde una comprensión integral de la forma. En su trabajo, la técnica no es un adorno, sino una consecuencia del oficio.
El bronce a la cera perdida ocupa un lugar central en su trayectoria. La fundición, la pátina, el acabado manual y la relación entre superficie, luz y volumen forman parte de una visión escultórica en la que tradición y exigencia material son inseparables.
Esa relación con el oficio clásico define una parte esencial de su obra: dibujo, barro, anatomía, modelado, molde, cera perdida, bronce, pátina y presencia final.
Independencia y relación con el mercado
La integridad de Víctor Campón se refleja también en su relación con el mercado. Ha mantenido siempre una postura independiente, crítica y selectiva frente a los circuitos artísticos convencionales, especialmente cuando ha percibido que la mediación podía alejar la obra de su verdadero sentido.
Su actitud no responde a indiferencia hacia el mercado, sino a una convicción: la obra no debe someterse a criterios que la vacíen de verdad o la conviertan en simple mercancía. En su caso, la creación obedece a una necesidad interior mucho más fuerte que cualquier estrategia comercial, y por eso su trayectoria conserva un carácter poco común.
También por ello adquirir una obra de Víctor Campón no es un simple acto de compra, sino una forma de reconocimiento mutuo. Para el artista, la pieza debe tener un destino acorde con su origen, su verdad material y su valor simbólico.
Sus esculturas, dibujos, pinturas y estudios se orientan a colecciones privadas, instituciones, empresas, clubes, fundaciones, espacios representativos, obra pública, encargos privados y proyectos con verdadero sentido artístico, patrimonial e institucional.
Una figura fuera de época
Aunque la presencia institucional de Víctor Campón todavía no refleja plenamente la magnitud de su recorrido, su trayectoria revela ya la estatura de un creador singular del arte español contemporáneo. Reúne cualidades que rara vez aparecen unidas con tanta coherencia: dominio del oficio, conocimiento del mundo animal, experiencia de campo, independencia de criterio, memoria cultural, formación técnica, sensibilidad naturalista y una fidelidad absoluta a su visión.
En un tiempo en que buena parte del arte parece depender del discurso, la moda o la especulación, la obra de Víctor Campón devuelve el protagonismo a la verdad del hacer, al conocimiento profundo del motivo, a la observación directa y a la potencia silenciosa de la forma.
Su figura encarna una idea rara y valiosa del artista: la de alguien que vive como trabaja y trabaja como mira. Un escultor que no separa arte y naturaleza, estudio y experiencia, pensamiento y oficio; un artista multidisciplinar, dibujante, pintor, escritor, restaurador, taxidermista artístico, perito y observador incansable que ha hecho de la fidelidad al mundo real su modo de estar en el arte.
Si la verdadera grandeza artística depende de la unión entre conocimiento, verdad interior y excelencia formal, entonces la biografía y la obra de Víctor Campón ocupan ya un lugar que el tiempo terminará por ordenar.